La pintura al temple fue la técnica más prolÃfica en Europa, donde utilizaron como aglutinantes el cascarón y la clara del huevo, dando una permanencia inusitada en su arte pictórico.
Cuando me encuentro delante de los sitios arqueológicos prehispánicos, siempre trato de imaginarme el lugar vivo. Debió ser muy impresionante ver todos los edificios pintados. Cada uno en su dimensión cosmogónica; los colores elegidos especÃficamente para rendir culto a una deidad en particular, o bien, para alojar a los jerarcas. Todo detalle estaba minuciosamente concebido, planeado y plasmado, con el fin de separar el espacio profano del sagrado. Como dice el Arq. Moisés Estrada, “los sitios arqueológicos se podÃan leer nada más con el hecho de observar el color de los muros en sus estructuras y su ornamentación”. ¿Cómo adquirieron la experiencia para haber llegado a tal depuración?
Los inconvenientes técnicos comenzaron al enfrentarse a las altas temperaturas del bosque tropical que dificultan el proceso de trabajo con cal. Este hecho condujo a los pintores mayas a incorporar gomas vegetales a sus mezclas de cal y colorantes. A este proceso se le llama pintura al temple. Vale señalar que esta técnica fue la más prolÃfica en Europa, donde utilizaron como aglutinantes el cascarón y la clara del huevo, dando una permanencia inusitada en su arte pictórico.
En las pinturas murales de Bonampak se utilizó la técnica llamada “fresco seco”, que consiste en agregar a la piedra un aplanado de tres a cinco centÃmetros de cal mezclada con poca arena. Sobre este aplanado ya pulido y aún fresco, se diseñaron las figuras con una lÃnea roja; ya seco, se colorearon los espacios vacÃos y se ocultó el trazo inicial. Por último se delinearon las figuras en negro.
Los colorantes utilizados en la pintura han sido motivo de profusos estudios por parte de los especialistas, dada la escasez de recursos minerales en la PenÃnsula de Yucatán.
Aunado a lo anterior, la problemática aumenta al saber que todos los edificios prehispánicos estaban estucados y policromados, por lo que existÃa la necesidad de contar con gran cantidad de la materia prima. Los mayas desarrollaron una tradición para la fabricación de pigmentos, mismos que se han identificado como minerales provenientes de tierras lejanas, como la malaquita y la azurita, usados en combinación con el azul maya (cuya obtención sigue siendo un misterio), para generar tonos de azul y verde. Los colores cafés y rojos se extraÃan de diferentes suelos de la región.
Ninguna aplicación de figura o colores era fortuita. Cada uno de los trazos estaba perfectamente pensado y adecuado al espacio, bajo la supervisión directa del sacerdote a cargo. Entre los mayas los puntos cardinales estaban asociados a los colores: al norte blanco (zac), al sur amarillo (kan), al este rojo (chac), al oeste negro (ek) y en el centro, lugar sacro por excelencia, donde se encontraba la madre ceiba, el azul o verde.
Esta connotación astronómica se revertÃa en la orientación general del centro ceremonial, que a su vez daba la situación especÃfica de los edificios, adjudicándoles desde ese momento la coloración predominante. El color también dependÃa de los atributos de la deidad a la cual se pretendÃa brindar culto y su posicionamiento en la pared.
Son varios los estilos pictóricos que encontramos en los diversos murales de sitios prehispánicos en el Norte de Quintana Roo, además de diversas influencias. Como ejemplos podemos mencionar la presencia teotihuacana en Xel-Há, y la similitud pictográfica del Edificio de las Pinturas de Tulum con los códices mixtecos.
No cabe duda, los logros artÃsticos de los antiguos mayas fueron fruto de tradiciones milenarias, que llegaron a desarrollar un nivel de excelencia tecnológica, con una armonÃa de composición y expresividad únicas.







