Las elecciones en Estados Unidos traen datos interesantísimos en cuestiones económicas. El candidato Mitt Romney hizo pública su declaración de impuestos. El tipo impositivo aplicado al matrimonio Romney en 2010 fue de un 13,9%, el mismo que correspondería a una familia que gane unos 50.000 dólares anuales, que son, aproximadamente, los ingresos medios en EE UU, según datos del censo. El pequeño detalle es que los Romney ganaron 432 veces esa cantidad. En 2010 sus ingresos fueron de 21,6 millones de dólares, de ellos pagaron tres millones de dólares al fisco. La campaña del candidato reveló también las estimaciones de ingresos e impuestos de 2011. El año pasado, los Romney ganaron 20,9 millones, de los que pagarán un 15,4% en impuestos, lo que suponen 3,2 millones. Ahora, los ingresos de Romney colocan a su familia entre el 1% que más gana en EE UU. Justo el sector contra quienes los indignados han protestado.
¿Qué pasa con la política fiscal estadounidense? Quizá algo muy similar a lo que pasa en México. Paul Krugman -profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de 2008- lanza al mundo la siguiente pregunta: ¿hay una buena razón por la que la carga fiscal de los ricos deba ser tan increíblemente ligera? Similar a nuestro país, los norteamericanos tienen hasta el 15 de abril para presentar sus declaraciones de la renta, pero, ¿cómo es que el candidato paga el 15% cuando la generalidad paga un 35%? Su declaración cae en un rubro de beneficios e intereses por sus muchas inversiones y no de actividad laboral, ahí la diferencia. ¿Juego de palabras o perversas estrategias fiscales? Además, al igual que muchos mexicanos de su vuelo con ese monto de ingresos, Romney sigue teniendo cuentas en paraísos fiscales como las Islas Caimán, Bermuda e Irlanda.
Krugman explica que la razón principal por la que los excesivamente ricos pagan tan poco es que la mayor parte de sus ingresos adoptan la forma de plusvalías, que están gravadas con un tipo máximo del 15%, muy por debajo del máximo que se aplica a sueldos y salarios. Los defensores de los impuestos bajos para los ricos esgrimen fundamentalmente dos argumentos: que los impuestos sobre plusvalías bajos son un principio consagrado por el tiempo, y que se necesitan para fomentar el crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo. Ambas afirmaciones, asegura el Nobel, son falsas: está claro que el historial económico no corrobora la idea de que los impuestos superbajos para los superricos sean la clave de la prosperidad. Durante aquel primer mandato de William Clinton, cuando los muy ricos pagaban impuestos mucho más altos que ahora, la economía creó 11,5 millones de puestos de trabajo. Los números no mienten. ¿Qué hará el SAT, con el sector de los superricos? ¿Los perseguirá como a todos nosotros comunes mortales?







